Sin mapa ni guía: así aprendí la geografía del corazón

Tengo la suerte de que la vida decidió regalarme una larga y colorida lección de geografía —de esas sin manuales, pero con muchas aventuras y… platos llenos de sabores locales. Nací en Cracovia, una ciudad que ya de por sí es un pequeño universo. Con sus campanas, su empedrado y el perfume de la historia, uno podría viajar lejos sin mover los pies. Pero yo sí me moví. Y bastante lejos.

Mi primera misión después de la ordenación fue Sanremo. Sí, ese Sanremo —de festival, de mar y de gente que hasta el cappuccino lo toma con aire artístico. Fue allí donde descubrí que un sacerdote también puede ser un poco italiano, con el corazón en la mano y las manos siempre diciendo algo en el aire.

Luego vino Roma —una ciudad que no se visita, sino que se vive. Vivía en el Antonianum, estudiaba en el Anselmianum; dos alas que me ayudaron a despegar de la tierra polaca y mirar más lejos. En los pasillos sonaban lenguas de todo el mundo, y en el refectorio uno podía aprender más sobre la Iglesia que en muchos tratados.

Y entonces el mundo empezó a girar más rápido. Irlanda —verde, lluviosa, pero con corazones más cálidos que su clima. Francia —de Niza a Toulouse— elegante, con ese toque de ironía y quesos cuyo aroma se queda para siempre en la memoria. España, especialmente Sevilla, me enseñó que la fe puede bailar flamenco y que una procesión puede durar más que muchas homilías.

Al volver a Polonia me esperaba Varsovia —dinámica, despierta, un espresso espiritual: intenso, breve y necesario. Y luego, Bolivia. Misiones que no solo cambiaron mi mirada sobre el mundo, sino también sobre la Iglesia.

Amazonía, Altiplano, Andes —cada uno con su cielo, su música y su silencio. En Concepción, entre la selva, descubrí que la fe puede ser tan exuberante como la naturaleza que la rodea. En Urubichá, donde los indígenas guarayos tocan música barroca con más pasión que muchos cuartetos europeos, entendí que el Evangelio tiene mil melodías, pero siempre el mismo latido. Y en el Altiplano comprobé que la fe crece incluso donde el aire es delgado y cada respiración se vuelve oración.

No fui turista. No llevaba mapa ni guía. Tenía personas —con sus historias, sus cocinas, sus oraciones y su sentido del humor. Con ellas comí, escuché, reí y guardé silencio.

El turista suele tener un guía que con el reloj en mano anuncia el siguiente punto: “Cinco minutos para fotos y volvemos al autobús”. Así el mundo se ve como una película —bonito, pero irreal. Se puede tachar la catedral, sacarse el selfie bajo una palmera y decir con tranquilidad: “Estuve”. Pero en realidad, no se estuvo —solo se pasó.

Yo tuve la gracia de conocer el mundo de otra forma. No desde la habitación de hotel que podría estar en cualquier lugar del planeta porque siempre luce igual, sino desde la cocina donde se prepara la sopa local, desde la iglesia donde la oración tiene otro ritmo, desde las conversaciones alrededor de la mesa que enseñan más que muchos cursos de idiomas. No llevaba plan de visitas —seguía el ritmo de quienes me acogieron.

En vez de un billete de regreso tenía una invitación: “Quédate a comer”. En vez de un recuerdo comprado —una carcajada compartida con un amigo nuevo. Ese es el mundo que me educó: el mundo de personas, no de lugares.

Gracias a ellos entendí que la Iglesia no es un museo donde hay que caminar de puntillas para no tocar nada. La Iglesia es una orquesta viva —a veces improvisada, a veces desafinada, pero siempre tocando con pasión. Y aunque no todos dan con la nota, todos tocan desde el corazón.

Hoy, después de nuestro capítulo y ante nuevos desafíos, miro el futuro con alegría y una sonrisa tranquila. Porque si Dios ya tuvo tantas ideas para enviarme por el mundo, estoy seguro de que aún tiene algunas sorpresas preparadas. Tal vez otra vez a un lugar sin señal… pero con señal completa de Su gracia.

Deja un comentario